Escribe: William J. Aguilar Cruz (*)
La agresión física a oficiales de la Policía Boliviana ya es recurrente para quien le dé la gana. Sucedió en el Chapare cochabambino cuando policías fueron asesinados – es más, de dos o tres nunca se hallaron sus cuerpos; sucedió en Oruro, donde contrabandistas hicieron desparecer el cuerpo de un oficial del COA; también el mismo Chapare policías fueron linchados y recientemente en Santa Cruz, oficiales de alta graduación fueron agredidos violentamente. De alguna manera, estos hechos son el corolario del desgobierno al cual nos están conduciendo los mal llamados políticos.
Debemos entender algo, así fríamente. Esta ultima embestida a policías en Santa Cruz, comparándola con la agresión a campesinos en Sucre, podemos deducir que esta última no fue porque fueran campesinos, era porque eran masistas. La agresión en Santa Cruz, no era porque fueran policías, fue por el descrédito institucional de la Policía Boliviana; desde luego que de ninguna manera se justifican estos últimos hechos de violencia, ni ningún otro, ni del Gobierno del MAS, ni de la oposición, ni de grupos juveniles, ni comités cívicos, movimientos sociales, juntas de vecinos, etc.
Ahora bien, tratándose de la Policía Boliviana, lamentablemente esta institución se encuentra muy venida a menos; los rumores de corrupción en sus diferentes instancias y a diario, la presunta inmoralidad de varios de sus efectivos, la represión característica con que actúan en ciertas situaciones (como lo sucedido recientemente con las personas con discapacidad), es un secreto a voces el relacionamiento policías–delincuentes, de ahí que para el ciudadano común, recurrir a la Policía es una perdida de tiempo, sus efectivos solo sirven para asustar a los niños que no quieren comer sopa en casa, como sucedía en tiempos de nuestras abuelas. Y hoy por hoy, tenemos que soportar el manoseo político de esta institución del orden.
Y esto es sumamente delicado, preocupante y hasta peligroso: la perdida de confianza y credibilidad, de una de las instituciones pilares y fundamentales del país, desde el punto de vista de la ética, de la democracia, del compromiso, del civismo, de la seguridad y otros aspectos que hacen que el ciudadano pueda transitar libremente por las calles, descansar tranquilo, acudir en busca de ayuda, exigir respeto a los derechos humanos, etc.
“Esto no es del Estado”, se suele decir a manera de broma, cuando alguien pretende hacer un uso hasta abusivo de ciertas cosas. Y esto se evidencia en varias instancias estatales, la Policía no queda exenta. A lo largo de la historia de la Policía Boliviana han pasado varios oficiales y se puede contar con los dedos de una mano, a aquellos que dejaron huella en esta institución y por ende en la ciudadanía, a partir de su rol, de su profesión, de su vocación.
Esto lo podemos ver a diario. La (IN)seguridad ciudadana por un lado, el congestionamiento vehicular en las capitales del país es un verdadero dolor de cabeza, (un conductor de taxi comentaba que en muchos casos los oficiales de parada en la esquina, generan mas caos), los problemas en identificación personal y un largo etc.
Los oficiales a cargo de estas instancias: Tránsito, Identificaciones, Comandos Departamentales, Lucha contra el Crimen, Lucha contra el Narcotráfico, en fin, deberían hacer prevalecer su verdadera vocación antes que el simple cobro de sus salarios (que no deja de ser importante), pero dejando de cobrar coimas; a partir de ello, todos los efectivos de esta noble institución lograrían recuperar la fe en la ciudadanía, las ideas sobran en cualquier persona.
En ese sentido, la misma población tiene que asumir su responsabilidad, de alguna manera es también co-responsable de la actual situación de la Policía Boliviana. Pareciera que tener un familiar, un amigo, un compadre en la Policía, nos hace inmunes a cualquier delito y nos volvemos súper poderosos. Esa es también una forma de dañar nuestra Policía.
(*) Es Comunicador Social independiente